Este invierno hemos entregado muchísimas mantas y sacos de dormir, pero las personas que viven en la calle necesitan permanentemente estos elementos por una situación que se ha vuelto un baúl sin fondo, por las circunstancias que están viviendo.
Sus pocas pertenencias las trasladan en carritos, bolsos o mochilas y no siempre pueden llevarlas. Las dejan en algún rincón, arriba de un árbol u otro espacio que pase más o menos desapercibido, pero al llegar la noche ya no las tienen. Es más, hay momentos en que se les ha quitado todo a ellos mismos y se tira en los contenedores. La pobreza es fea y no gustan sus efectos; gente mal vestida, sin aseo por desconocimiento o abandono, rincones con colchones, etc. Hemos tenido que salir intempestivamente en días de semana a entregar mantas, esterillas, plásticos u otro artículo para cubrirse del frío. Todo esto, en especial, cuando la ciudad recibe visitas importantes o tiene algún evento.
Mitigar, en lo posible, el frío que sufren las personas que viven a la intemperie en la calle constituye un nivel básico de solidaridad y buena voluntad hacia quienes lo pasan mal, sea esto por una mala gestión personal o situaciones nefastas que le han llevado a ese punto. No podemos juzgar. Vemos el hecho.
Creíamos que este año tendríamos cubierta la entrega. Recibimos más de doscientas mantas de donación del Colegio Mayor Luis Vives que cerró en julio pasado. Aparte hemos distribuido sacos de dormir comprados y las donaciones de miembros y amigos.
También hemos entregado cazadoras, pantalones, ropa interior y zapatos. Necesitamos reforzar esta tarea y solicitar desde este espacio que otras personas, sin necesidad de nuestra mediación, observen en su entorno quiénes están en la calle, para que le bajen manta o saco y vean si requieren ropa.