Hace un tiempo tuve el conocimiento de una asociación que ayuda a los sin techo, así de simple y de complicado a la vez. Llevaba meses pensando en dedicar algo de mi tiempo a ayudar a alguien y la casualidad les puso en mi camino. El nombre de esta asociación me llamó la atención ”Amigos de la calle” vaya, pensé, incluso en su nombre ponen el corazón.
Así que mi andadura en este camino comenzó con una llamada de teléfono y es que la curiosidad, siempre es el principio de algo nuevo.
El 23 de diciembre de 2012 me llevé a mi hija de 13 años y a unas amigas suyas a vivir esta nueva experiencia, pensé que ellas podrían aportar una sonrisa y ese punto de inocencia tan necesario en cada vida.
Al acercar nuestro coche a aquel callejón sin salida, empezamos a vislumbrar una masa oscura que poco a poco tomaba forma de gentío, eran hombres y mujeres con hambre acumulada y mirada de resignada tristeza.
“No les digamos Feliz Navidad- dijo mi hija susurrando- podríamos hacerles daño…”
Abrimos el maletero de nuestro coche y encontramos frente a nosotras una fila en orden de manos abiertas que nos reclamaban un café caliente y un bocadillo, esos a los que estaban acostumbrados a recibir cada domingo y que ya habían hecho suyos.
Los chaquetas que nos abrigaban bordadas con nuestros nombres les daban una ventaja que nosotras no teníamos y aún siendo unos desconocidos, en aquellas circunstancias escuchar pronunciar nuestro nombre seguido de un “gracias, feliz Navidad” hizo que alguna lágrima asomara su destello en aquella escala de grises que nos envolvía.

Aquella noche fría ardieron nuestros corazones, un mundo paralelo a la realidad se abrió ante nuestros ojos, fue una cura de humildad que recompuso nuestra escala de necesidades y valores.
Y la máquina se puso en marcha, quise empezar transmitiendo mi experiencia para crear una cadena con eslabones de nuevos despertares. Pronto llegaron más manos de apoyo, más ideas, más ilusión, más abrazos… llegó la inagotable Marta, la serenidad de Ismael, el apoyo incondicional de Jaume Serra del Banco de Alimentos cuya impagable ayuda supuso una bocanada de aire puro que nos permitió tomar aliento y seguir caminando, llegó la ilusión de un joven grupo scout empeñados en “dejar este mundo mejor de lo que lo hemos encontrado”, y siguieron llegando…

Y volvimos a aquel callejón… claro que volvimos, y hubo más mañanas de domingo cocinando sopa y envolvimos más bocadillos y volvimos a quemarnos calentando más café y recogimos más mantas y hubo más noches frías…
Y volvieron a pronunciar nuestros nombres…

Betty